Hay una imagen que se repite cada temporada de lluvias en México: calles cubiertas de blanco, como si hubiera nevado en pleno verano. Pero no es nieve, es granizo. Y en los últimos años, ese granizo ha dejado de ser una curiosidad para convertirse en un fenómeno que causa daños severos, paraliza ciudades y genera pérdidas millonarias.
En mayo de 2026, los habitantes en Hidalgo reportaron algo que parecía imposible: bloques de hielo del tamaño de limones cayendo del cielo. Un mes después, el 30 de junio, la Ciudad de México vivió su propio episodio: una granizada en la alcaldía Gustavo A. Madero tapizó de hielo calles y vehículos. No hubo lesionados, pero el susto fue mayúsculo. Y estos son solo ejemplos de episodios que ocurren frecuentemente en México.
¿Qué está pasando? ¿Por qué el granizo en México parece volverse más frecuente y más destructivo? Para entenderlo, hay que empezar por lo básico: cómo se forma.
El nacimiento del hielo en una tarde calurosa
El granizo no nace en el frío. Nace en el calor. Específicamente, en las nubes de tormenta más desarrolladas que existen: los cumulonimbos. Estas nubes pueden alcanzar alturas de hasta 15 kilómetros, y a esa altitud la temperatura es muy inferior al punto de congelación.
El proceso comienza cuando el aire cálido y húmedo asciende rápidamente dentro de la tormenta. Las gotas de agua son transportadas hacia las partes más frías de la nube, donde se congelan alrededor de pequeñas partículas que actúan como núcleos. A partir de ahí, la piedra de hielo comienza a crecer: cada vez que choca con nuevas gotas de agua líquida sobreenfriada, estas se congelan sobre su superficie y añaden nuevas capas, como los anillos de una cebolla.
El tamaño final del granizo depende de una sola cosa: la intensidad de la corriente ascendente. Cuanto más fuerte sea esa corriente, más tiempo podrá sostener la piedra de hielo en el aire, permitiéndole crecer más y más. Las tormentas más violentas, las supercélulas, tienen corrientes ascendentes particularmente intensas y duraderas, y por eso son las que producen las piedras más grandes. Cuando el hielo adquiere demasiado peso y la corriente ya no puede sostenerlo, cae hacia la superficie.
¿Por qué México es tan vulnerable?
México no es un país cualquiera para el granizo. Existe una franja de territorio conocida como el corredor del granizo, una zona montañosa que forma parte del Eje Neovolcánico Transversal y que atraviesa el centro del país de oeste a este.
Los estados que lo integran son Jalisco, Michoacán, Estado de México, Ciudad de México, Morelos, Puebla y Veracruz. En esta región, el Servicio Meteorológico Nacional registra entre cinco y seis granizadas fuertes al año, principalmente durante el verano.
¿Por qué aquí? La respuesta está en la combinación de tres factores: la topografía montañosa, que favorece la formación de tormentas intensas al forzar el ascenso del aire húmedo (barlovento); la humedad proveniente del Pacífico, el golfo de México y el mar Caribe; y las altas temperaturas en superficie durante la primavera y el verano, que generan el contraste térmico necesario para que se desarrollen los cumulonimbos.
Pero el corredor del granizo no es el único punto crítico. El noreste de México, particularmente Coahuila y Nuevo León, también es una zona de alta incidencia. En Sabinas, Coahuila, se han reportado granizos comparables con pelotas de béisbol, formados por la interacción de frentes fríos con el calor primaveral y la entrada de humedad desde el Golfo de México.
Los eventos que marcaron el 2025 y 2026
Lo que ha sucedido en los últimos dos años ha puesto el tema sobre la mesa.
En Guadalajara, el temporal de 2025 fue catalogado como uno de los más lluviosos de los últimos 29 años. Se documentaron cinco tormentas excepcionales entre junio y septiembre, con precipitaciones de entre 50 y 113 milímetros en pocas horas, acompañadas de granizo y actividad eléctrica. La tormenta del 28 de junio fue la más severa, afectando colonias como El Deán y San Carlos. En agosto, una granizada cubrió de blanco Tlaquepaque y dejó acumulaciones de hielo de hasta 50 centímetros en algunas zonas, además de inundaciones y derrumbes.
En Hidalgo, mayo de 2026 trajo una granizada que los habitantes describieron como una de las más fuertes en años. Los granizos, del tamaño de limones, perforaron cubiertas plásticas, doblaron estructuras metálicas y arrasaron con cultivos de jitomate, milpas y plántulas. Los productores reportaron el colapso de invernaderos y pérdidas totales o parciales. En Tepeapulco, los calentadores solares quedaron con los tubos reventados por el impacto del hielo.
En la Ciudad de México, el 30 de junio de 2026, una granizada en la alcaldía Gustavo A. Madero colapsó la techumbre de los Pilares de Tlalpexco, una estructura de 15 por 25 metros, y dejó vehículos dañados. La Secretaría de Gestión Integral de Riesgos y Protección Civil confirmó que no hubo personas lesionadas, pero el evento encendió las alertas sobre la vulnerabilidad de las infraestructuras urbanas ante estos fenómenos.
En Puebla, durante la noche del 4 de enero de 2026, grandes partes de la ciudad y su zona conurbada registraron caída de granizo que dejó paisajes blancos, con acumulaciones de hasta 14 centímetros en algunas zonas.
El impacto económico: Millones de dólares en pérdidas
El granizo ya no es solo un espectáculo visual. Es un riesgo económico creciente. Según datos de la aseguradora especializada FM, las pérdidas ocasionadas por granizo en México alcanzaron los 22.7 millones de dólares durante la última década.
Y lo más preocupante es la tendencia. El granizo se ha convertido en uno de los riesgos naturales que más rápidamente ha incrementado las pérdidas materiales en los últimos 10 años, impulsado por una mayor frecuencia e intensidad de tormentas severas. Las zonas de mayor exposición en México se ubican principalmente en el norte y noreste del país, especialmente en corredores industriales cercanos a la frontera con Estados Unidos, donde existe una alta concentración de infraestructura manufacturera vulnerable a daños en techos, sistemas HVAC y paneles solares.
En el ámbito agrícola, el impacto es igualmente severo. Los invernaderos, que representan una inversión significativa para los productores, son especialmente vulnerables. El colapso de estas estructuras no solo destruye la cosecha del momento, sino que deja a las familias sin su medio de sustento por meses.
¿Está el cambio climático detrás de esto?
La pregunta es inevitable. Y la respuesta, como suele ocurrir en meteorología, no es un simple “sí” o “no”.
Por un lado, hay evidencia de que el calentamiento global está influyendo en las tormentas de granizo. Un clima más cálido significa más energía disponible en la atmósfera y más humedad, dos ingredientes que alimentan las tormentas severas. Según especialistas citados por medios mexicanos, las tormentas con granizo extremo aumentan por el calentamiento global, y los científicos prevén que ese cambio eleve tanto el tamaño de las piedras de hielo como el costo de los daños durante las próximas décadas.
Sin embargo, no todos los expertos coinciden. La investigadora Graciela Binimelis de Raga, del Centro de Ciencias de la Atmósfera de la UNAM, ha señalado que no hay datos suficientes para establecer que las granizadas en México son más severas debido al cambio climático, ni que van en aumento. Lo que hay, dice, es más información y más registros que antes.
Lo que sí parece claro es que la exposición ha aumentado. Las ciudades crecen, la infraestructura se densifica y cada vez hay más bienes expuestos a un fenómeno que siempre ha existido. El granizo no es nuevo. Lo nuevo es que ahora cae sobre más gente, más edificios y más cultivos.
Frente a un fenómeno tan localizado, violento y difícil de predecir como el granizo, los meteorólogos no están indefensos. Cuentan con un arsenal de herramientas tecnológicas y metodológicas que, combinadas, permiten anticipar su formación con horas de antelación e incluso rastrear su evolución en tiempo real. El desafío no es solo científico, sino también operativo: traducir esa información en alertas oportunas para la población. Lo más seguro es combinar herramientas como el radar y el satélite, que permiten monitorear las tormentas en tiempo real y evaluar la situación, sin embargo, también se utilizan índices termodinámicos que revelan si la atmósfera está “cargada” para producir granizo tales como: Energía Potencial Convectiva Disponible (CAPE): entre 642 J/kg y 2166 J/kg. Valores altos indican que la atmósfera tiene mucha energía disponible para corrientes ascendentes. Inhibición Convectiva (CIN): de 0 a -28 J/kg. Un valor bajo o nulo significa que no hay una “tapa” que impida el desarrollo de la tormenta. Índice de Elevación (LI): entre -3 y -7. Valores negativos indican inestabilidad y favorecen las tormentas severas. Cuando estos tres índices coinciden en valores extremos, la probabilidad de granizo severo se dispara.
Nowcasting: La predicción de los próximos minutos
Para eventos que se desarrollan en cuestión de minutos, los meteorólogos recurren al nowcasting (pronóstico inmediato). Esta técnica combina datos de radar con algoritmos de extrapolación para predecir el movimiento y la intensidad de las tormentas en un horizonte de 30 minutos a 2 horas.
El desafío pendiente
A pesar de estas capacidades, México enfrenta limitaciones significativas. El país tiene una red de instrumentos limitada y heterogénea para el monitoreo y pronóstico eficiente de eventos convectivos severos. La cobertura de radares no es uniforme y muchas regiones del país carecen de la densidad de observaciones necesaria para una predicción precisa.
Además, la naturaleza misma del granizo, o sea, su carácter extremadamente local y su rápido desarrollo, impone límites físicos a la predicción. Incluso con la mejor tecnología, es imposible saber con exactitud que un granizo del tamaño de una pelota de golf caerá en una calle específica con horas de antelación.
Lo que sí pueden hacer los meteorólogos es identificar las condiciones favorables, monitorear el desarrollo de las tormentas en tiempo real y emitir alertas con la mayor antelación posible. Es un trabajo de precisión que combina ciencia, tecnología y comunicación operativa. Y en un país tan expuesto al granizo severo como México, cada minuto de antelación cuenta.